Mar. Feb 25th, 2020

Entrevista con Norm Thagard, el primer cosmonauta estadounidense

Empacador de supermercado, empleado de almacén, locutor de radio, médico, piloto de combate, ingeniero eléctrico, físico, profesor, investigador y director corporativo.

Todos esos trabajos y profesiones, que parecen desconectadas, conforman el extenso currículo del astronauta estadounidense Norman ‘Norm’ Thagard, también conocido –como si lo anterior fuera poco– por ser el primer cosmonauta estadounidense.

Thagard nació en 1943 en Marianna, una pequeña ciudad del estado de Florida (Estados Unidos), que hoy tiene poco más de 7.000 habitantes. Allí pasó su infancia, y el bachillerato lo hizo en Jacksonville, en el colegio Paxton, en frente del cual, ahora, una calle lleva su nombre.

Obtuvo títulos de pregrado y maestría en ingeniería en la Universidad Estatal de Florida. En 1967 se unió a los marines y alcanzó el rango de capitán: hizo 163 misiones de combate durante la guerra de Vietnam.

A su regreso a Estados Unidos estudió un doctorado en ingeniería y fue a la Escuela de Medicina Southwestern, de la Universidad de Texas, donde se graduó en 1977.

Un año después la Nasa seleccionó a Thagard para su entrenamiento de astronautas del programa de transbordadores, y entre 8.000 aspirantes fue escogido para ser parte del grupo 8, también conocido como ‘los 35 chicos nuevos’ por ser la primera generación de exploradores espaciales de la Nasa, tras casi 10 años de pausa luego del final del programa Apolo.

Entre 1983 y 1992 voló en cuatro misiones de la nave reutilizable, y en marzo de 1995 se embarcó en un cohete ruso Soyuz hacia la estación espacial Mir. Fue así como se convirtió en el primer cosmonauta –así son conocidos los exploradores espaciales rusos– nacido en Estados Unidos.

Su viaje a la Mir solo fue posible tras un duro entrenamiento que incluyó aprender ruso. En la base espacial permaneció 115 días durante los cuales hizo 28 experimentos, la mayoría relacionados con los efectos en el cuerpo humano de las largas estadías en el espacio. En julio del 95 regresó a la Tierra en el transbordador Atlantis.

Thagard se retiró en 1996. A partir de ese momento formó empresas y dedicó más tiempo a la investigación y a la enseñanza. En la actualidad, es uno de los astronautas con los que pueden almorzar los visitantes del Complejo de Visitantes del Centro Espacial Kennedy, en la Florida. Después de una de estas presentaciones habló con EL TIEMPO.

¿Alguna vez imaginó que los cohetes rusos serían la única forma de llegar al espacio para los astronautas estadounidenses, tras la jubilación de los transbordadores en 2011?

Para nada. Sabía que el programa de transbordadores llegaría a su fin en algún momento, pero pensé que, cuando eso ocurriera, ya tendríamos algún otro vehículo listo. Dejé la Nasa el 2 de enero de 1996, y el transbordador voló por otros 14 o 15 años, así que no anticipé que eso pasaría.

¿Qué diferencias encontró entre los astronautas y los cosmonautas?

Éramos iguales, nuestra única diferencia eran nuestros nombres. Nuestros entrenamientos eran más parecidos que diferentes. Una diferencia era que la Nasa no evaluaba a los tripulantes antes de los viajes, mientras que en el programa ruso debía tomar exámenes en todo y pasarlos. Así funciona ahora. Otra diferencia era que la Nasa no llevaba a cabo un entrenamiento físico formal para sus astronautas; teníamos un buen gimnasio, pero era totalmente voluntario usarlo. De hecho, algunos de mis compañeros nunca lo hicieron. En el programa ruso era obligatorio estar en buena forma antes del lanzamiento.

Usted fue el primer cosmonauta estadounidense, y ahora, tras casi una década de depender de los cohetes rusos, Estados Unidos está cerca de volver a enviar humanos al espacio desde su suelo, gracias a la colaboración con empresas como Boeing y SpaceX. ¿Qué significa esto para usted?

No me gusta que seamos dependientes de un segundo país para llevar nuestras personas al espacio. Esa es una capacidad que deberíamos tener y, ciertamente, sin ella no tenemos la flexibilidad que alguna vez tuvimos.

En 140 días en el espacio recibí radiación más de la mitad de lo permitido en 20 años

¿Cómo se imagina a los astronautas del futuro y cuáles cree que serán las principales diferencias entre ellos y los de su generación?

Ellos irán a otros planetas; bueno, al único planeta al que iremos será Marte, hablando en términos reales. Podríamos ir a lunas en planetas como Júpiter o Saturno, pero no a Venus o a Mercurio porque tienen ambientes hostiles en los que no sobreviviríamos. Creo que la principal diferencia serán las duraciones de los vuelos. Hemos tenido compañeros en la Estación Espacial Internacional por un año o más y, de hecho, cuando llegué a la estación rusa Mir ya había otro cosmonauta a bordo, Valeri Poliakov, quien estuvo por 14 meses y aún conserva el récord de la misión más larga. Quienes vayan a otros planetas serán un subconjunto de los astronautas y cosmo-nautas. No creo que todos puedan hacer estos viajes.

Durante su presentación usted fue enfático en decir que pudo convertirse en astronauta gracias a su excelente desempeño como estudiante. ¿Cree que en el futuro va a ser igual, con las naves autónomas que no requieren que los astronautas estén al mando de todo?

Ya hemos tenido personas que han pagado 20 millones de dólares o más para pasar una semana en la Estación Espacial Internacional. En el futuro habrá empresas privadas que llevarán turistas al espacio sin ninguna formación particular. La cuestión académica solo te asegura llegar a las profesiones necesarias para ser astronauta, porque hay que recordar que se compite con muchas personas. En mi grupo de 1978 solo fuimos escogidos 35 entre 8.079 personas. Eso es lo que hay que enfrentar.

¿Cuáles fueron los resultados más llamativos de su investigación sobre las largas estadías en el espacio?

Los dos asuntos más críticos para los viajes de larga duración, y en especial para los viajes interplanetarios, son la exposición a la radiación y la pérdida de minerales óseos, que puede llegar a ser del 1 al 3 por ciento en los huesos que soportan el peso del cuerpo cada mes. Esto solo se puede ver en la Tierra en personas que está en reposo total, como alguien que queda parapléjico o cuadripléjico. Por razones que aún son desconocidas, los huesos que sostienen el peso del cuerpo requieren compresión para mantener sus minerales. En mi caso, yo perdí el 12 por ciento del hueso de la cadera y nunca lo recuperaré.

En cuanto a la exposición a la radiación, los oficiales de salud en Estados Unidos fijan límites para los trabajadores constantemente expuestos a ella, como los radiólogos, que reciben un promedio de 25 rem –una unidad de medida de la radiación– en 20 años. En solo una misión a la Mir, que duró menos de 4 meses, y de 25 días en el transbordador, yo recibí 12 rem. Así, en 140 días en el espacio recibí más de la mitad de lo permitido en 20 años.

El viaje espacial fueron 4 meses, lo cual no está ni cerca de la separación que sentí de mi familia cuando fui marine y veterano de la guerra de Vietnam

¿Cómo se siente por haber hecho parte de estos experimentos que pusieron en riesgo su vida?

Profesionalmente fue satisfactorio porque soy médico. Probablemente habría estado involucrado en experimentos de este tipo de todas maneras, porque hice una pasantía y tenía licencia como médico. Si me hubiera quedado en la medicina, en lugar de entrar al programa de astronautas, seguramente habría hecho algún tipo de investigación relacionada. Me gustó porque encajó dentro de una de mis profesiones.

Usted habló bastante sobre su familia durante su presentación ¿Cómo superar la tristeza durante sus viajes espaciales?

Yo no diría que estaba triste, solo que los extrañaba, como le pasaría a cualquiera que se separe de su familia. El viaje espacial fueron 4 meses, lo cual no está ni cerca de la separación que sentí cuando fui marine y veterano de la guerra de Vietnam, y tuve que pasar un año sin mi familia.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ
Redactor de ciencia
@NicolásB23
nicbus@eltiempo.com